05.03.2023 Iznatoraf -Villanueva del Arzobispo

Caminando hacia nuestra Gloria Futura

Gen 12, 1-4; Salmo 32, 4-5. 18-22; 1Tim 1, 8-10; Mat 17, 1-9

Hoy es el segundo domingo de Cuaresma. La transfiguración de Cristo en el evangelio nos da un vislumbre de la gloria que será nuestra si permanecemos fieles y triunfamos. Se nos anima a ser fuertes y valientes en nuestro viaje en esta época de Cuaresma. Los años de nuestra vida pasan suavemente, cada uno parece más corto que el anterior. Vamos de la juventud a la vejez, de la cuna a la tumba. A través de los ojos de la fe, el paso de los años parece algo diferente. Creemos que nuestro viaje va hacia alguna parte: en lugar de terminar simplemente con la muerte (punto final), llegaremos a la vida del cielo (bienvenida, transición a la presencia de Dios). Somos peregrinos, como Abraham, avanzando hacia la tierra prometida. Como San Pablo, intentamos hacer frente a los problemas y contratiempos del camino, con la ayuda del Señor. Y al final, si somos fieles, compartiremos la alegría total de unirnos a Cristo en la gloria, como recompensa de la peregrinación de la vida.

En la primera lectura de hoy, Dios pidió a Abrahán que dejara la casa paterna, sus gentes y lugares conocidos para ir a un lugar lejano que Dios le mostraría. Lo notable aquí es que Abraham partió sin vacilar. No pudo planificar su viaje porque no sabía adónde iba. No sabia a donde iba, pero sabia quien lo guiaba. Eso requiere un gran valor. Hoy en día, tenemos planes de respaldo y planes de seguro para todos nuestros viajes. Pero Abraham no tenía planes de respaldo ni planes de seguro. Todo lo que tenía era el plan de Dios. Su libre albedrío era sólo obedecer a Dios. Toda nuestra vida puede convertirse en una peregrinación hacia Dios. Igual que llamó a Abraham, nos llama a cada uno de nosotros para que seamos suyos. Su llamada es silenciosa pero insistente. No exactamente en forma de: “deja tu patria y la casa de tu padre”, sino “abandona tus viejas costumbres, el orgullo y el egoísmo, la dureza de corazón, el mal genio, la envidia y la mentira. E id a la tierra que yo os mostraré.” La dirección de nuestra peregrinación no es geográfica, sino moral: “Id hacia la caridad, la pureza, el compartir la verdad y la oración y la buena voluntad. Id por el camino del Evangelio. Id al cielo.”

Hoy el evangelio es de la transfiguración de Cristo. Cristo revela si mismo, y nos revela su gloria futura. Con la transfiguración, se nos quiere desvelar una de las constantes de la vida humana. No hay vida sin muerte, ni gozo sin dolor, ni regeneración sin destrucción. Todo ocurre a la vez.  Por tanto, su gloria futura es para aquellos que se han purificado en la sangre del cordero. Es para aquellos que han sufridos por la causa del evangelio (Rev 12:11). El asombro y la declaración de Pedro: ¡Señor, ¡qué hermoso es estar aquí…!” es interesante. Sin embargo, se equivocó. Se estaba limitando a lo humano. No, todavía no es tiempo para descansar, o para entrar en la plenitud de esta gloria. “La lucha continua, y la victoria es cierta” por Cristo. La transfiguración nos recuerda que, si trabajamos duro y permanecemos fieles a la llamada y mandamiento de Dios, estaremos entre los miembros de la iglesia triunfante. Esta gloria es solamente un vislumbre de la gloria futura de nuestro destino final.

Para compartir en la gloria de Cristo, primero, debemos caminar con Él al Calvario. Si deseamos compartir en las bendiciones y la gloria de Abrahán, primero, debemos estar listos y dejar algo importante (Gen 12). La gloria revelada hoy debería servir como una “energía de activación” que nos motiva a continuar hacia nuestro destino final.

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