17.07.2022 – Mogón-Iznatoraf-Villanueva del Arzobispo

La hospitalidad espiritual: la escucha de la palabra de Dios

Gen 18,1-10, Salmo 14,2-5, Col 1,24-28, Lucas 10,38-42

El salmista pregunta: “Señor, ¿quién habitará en tu monte santo? Y responde: “El que no hace mal a su hermano, el que no lanza ninguna calumnia contra su prójimo.” El domingo pasado leímos la historia del buen samaritano, cómo respondió a las necesidades de aquel hombre que cayó en manos de los ladrones. El Señor nos ordenó al final de esa parábola que fuéramos a hacer lo mismo nosotros: “anda y haz tu lo mismo.” Hoy tenemos otra historia similar: la hospitalidad que Abraham mostró a dos extraños, que para él eran mensajeros de Dios. En el Evangelio, utilizando el ejemplo de dos hermanas, Marta y María, Jesús nos presenta dos formas diferentes de hospitalidad: el material y la espiritual.

Es evidente que Marta y María estaban muy unidas al Señor y que éste las trataba con respeto y cariño. La preferencia de Jesús a la recepción de María, no nos enseña en contra de la hospitalidad material a nuestros invitados. Más bien Jesús insinúa que más importante que la hospitalidad material (comida y bebida) es disfrutar de su compañía y amarlos. Nunca debemos estar tan ocupados que no tengamos tiempo para conversar con nuestros invitados.

Este encuentro sugiere una teología de la contemplación, de cómo recibir la visita del Señor. Es importante notar que, sean quienes sean nuestros visitantes, siempre hay algo que aprender de ellos. El que llama a nuestra puerta tendrá algo que decirnos, y por tanto debe ser escuchado y comprendido. Después de un frustrante debate con escribas y fariseos, Jesús vino a visitar a sus amigos, en busca de paz y calma. Viene a hablar con nosotros en la tranquilidad de la tarde o en la frescura de la mañana, para compartir con nosotros la Palabra de vida. Viene no porque él nos necesite, sino porque nosotros le necesitamos a él. También nosotros podemos distraernos y “preocuparnos e inquietarnos por tantas cosas.” Podemos, como Marta, perder lo mejor, lo único necesario, que es escuchar la Palabra de Cristo.

Jesús tenía un aprecio especial por María, la hermana de Marta, y disfrutaba de su vibrante relación con él, de su ávido espíritu de escucha. Aunque nos da pena que Marta se quede sola en las tareas de la casa, está claro que Jesús apreciaba el espíritu de escucha de María. Nuestra atención hacia él no debe quedar eclipsada por nuestro mundano trajín diario. Luego tenemos la reflexión de San Pablo sobre cómo la Palabra de Dios, oculta a toda la humanidad durante siglos, fue recibida por aquellos que la escucharon con avidez. Tenemos que hacer un espacio para Dios en nuestras vidas, para escucharlo en algún momento cada día, y para pedir al Espíritu Santo que nos guíe.