10.07.2022 – Mogón-Iznatoraf-Villanueva del Arzobispo

¿Quién es mi prójimo?

Deuteronomio 30,10-14, Salmo 68, Colosenses 1,15-20, Lucas 10,25-37

Los samaritanos de la región montañosa al norte de Judea, eran un grupo marginado, un grupo discriminado en la Palestina del siglo I. Por haberse casado con los asirios ocupantes siglos atrás, los judíos los consideraban una raza mestiza. Además, por construir su propio templo en el monte Gerizim (véase Juan. 4:20-22), se les consideraba una forma herética de judaísmo. Que un samaritano ayudara a un judío herido al borde del camino habría sido un acto de generosidad y compasión heroicas.

El impacto de la parábola del “buen samaritano” es extraordinario cuando recordamos que para los judíos los samaritanos eran todo menos buenos. ¿Qué significa la parábola para nosotros aquí y ahora? Jesús la utilizó para ilustrar la cualidad más importante que quiere en sus seguidores. Era su respuesta a una pregunta concreta: “¿Quién es mi prójimo?” La respuesta es que todos, sin excepción, deben ser tratados con amor y respeto.

Podemos preguntarnos qué ganaba personalmente el samaritano con este acto de caridad. La respuesta, en términos materiales, es precisamente nada. El amor que es real y verdadero, es desinteresado. ¿Qué mérito tiene ser bueno sólo con nuestros amigos, que nos recompensarán a cambio, si se presenta la necesidad? El amor cristiano debe ser más inclusivo que eso. Además, si no mostramos amor al prójimo que vemos, no importa qué mandamientos cumplamos, a qué sacrificios rituales nos unamos, como hicieron el sacerdote y el levita de la parábola, nos volvemos incapaces de amar al Dios que no vemos. Si nos unimos a la comida eucarística y recibimos al Hijo de Dios en nuestros corazones, primero debemos limpiar nuestro corazón de odio, amargura y mala voluntad, porque el Dios que recibimos en este sacramento es amor.

Es importante nota las etapas (el proceso) que el samaritano realizó para ayudar al prójimo. La parábola dice: El samaritano “se llegó a él; lo vio, se compadeció. Se acercó a él, le vendó las heridas, le echó aceite y vino. Lo puso sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó y pagó su atención médica. Cada una de estas etapas es crucial. Hay quienes comienzan a ayudar y luego no pudieron completar el proceso. Otros lo hacen de mala gana. Pero este hombre lo hizo con alegría.

También podemos notar el cambio significativo entre la pregunta del abogado “¿Quién es mi prójimo?” y la pregunta de Jesús al final de la parábola: “¿Quién de ellos demostró ser (ha sido) prójimo de la víctima?” El abogado quiere una definición que limite con facilidad su deber de ayudar a los demás. Jesús nos prohíbe establecer tales límites: nuestro prójimo es cualquier ser humano necesitado. El Señor nos invita a cada uno de nosotros a ir y hacer como el samaritano del evangelio de hoy.