Mogón – Iznatoraf – Villanueva del Arzobispo

Cuaresma: tiempo de encuentro con Dios

Génesis 15:5-12, 17-18, Salmo 26, Filipenses 3:17-4:1, Lucas 9:28-36

La espléndida visión de Evangelio de hoy se produce después de que Jesús dijera que “es necesario que el Hijo del hombre padezca muchas cosas, y que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y que sea muerto, y al tercer día resucite” (Lc 9,22). Esto no era una buena noticia para los discípulos, que esperaban que Jesús, como Mesías, expulsara al ejército romano de ocupación y restaurara el reino a Israel (Hch 1,6). Muchos de ellos habrían empezado a dudar: ¿Es Jesús realmente el Mesías esperado? Así que, unos días después, Jesús invita a los tres líderes de su grupo, Pedro, Santiago y Juan, a subir con él a una montaña, para mostrarles otro ángulo de la realidad.

En la tradición bíblica las montañas son un lugar de encuentro con Dios. Moisés se encontró con Dios en la cima de un monte, al igual que Elías, y también fue un lugar favorito de oración para Jesús. Fue donde los ojos de los apóstoles, sus ojos espirituales, se abrieron y vislumbraron a un Jesús que sus ojos físicos nunca podrían ver. Entonces vieron que los cielos estaban al lado de Jesús, y oyeron la voz del Dios invisible: “Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle” (Lc 9,35). Esta era toda la confirmación que necesitaban, que Jesús era realmente el esperado, pues el mismo cielo daba testimonio. Ahora le escucharán y le seguirán hasta su sufrimiento y muerte en Jerusalén. Pase lo que pase, ahora están seguros de una cosa: Dios está con Jesús; por tanto, la victoria final será suya.

Dentro de cada uno de nosotros hay una necesidad de oración, de encuentro con Dios, de intentar llegar a Dios. Sentimos esa necesidad de alejarnos de las distracciones, de estar a solas un rato, para ayudar a dar más sentido a nuestra vida. Qué otra cosa es eso, sino una necesidad de orar. El evangelio de hoy nos da una visión notable de la naturaleza de la oración. Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago y subió al monte a orar. También nosotros tenemos que encontrar “un terreno elevado,” lo suficientemente alejado como para darnos una visión global de nuestro insignificante mundo con todas sus preocupaciones. Una montaña puede darnos esa perspectiva, al igual que un lago o un desierto, lugares donde a Jesús también le gustaba rezar.

La Cuaresma es un tiempo para intentar crear un espacio para la oración en algún lugar de nuestras vidas. Sólo a través de la oración podemos transfigurarnos y luego intentar transfigurar nuestro mundo. Si reflexionamos en nuestro interior, transfiguraremos nuestras numerosas y a menudo complicadas relaciones. La oración puede transfigurar nuestros matrimonios, nuestros hogares, nuestro trabajo y nuestras comunidades. Un escritor estadounidense escribió: “Todos los hombres deberían aprender antes de morir,/a dónde van, desde dónde y por qué.” Sólo en la oración encontraremos la respuesta a estas preguntas.

¿Cuántas veces nos hemos sentado tranquilamente en algún lugar solitario buscando algún encuentro con Dios? ¿Cuántas veces hemos visitado a Jesús Sacramentado? ¿Cuántas veces hemos buscado un verdadero y genuino encuentro con Dios a través de la oración? La Cuaresma nos recuerda el valor de la oración como camino para el encuentro con Dios. Es a través de la oración que descubrimos la voluntad de Dios. Es a través de la oración que llegamos a Dios. La cuaresma es tiempo de profundizar e intensificar nuestra vida de oración.