
Isaiah 55:6-9; Ps 144:2-3.8-9.17; Phil 1:20-24.27; Matt 20:1-16
“My Friend, I am doing you no wrong; did you not agree with me for a denarius? Take what belongs to you and go; I choose to give to this last as I give to you. Am I not allowed to do what I choose with what belongs to me? Or are you envious because I am generous?” (Matt 20:13-15 RSV).
In today’s gospel, Christ presents us with a dilemma. How could the employer pay everyone the same amount? The key to understanding the action of the vineyard’s owner is in today’s first reading from the prophecy of Isaiah: “My thoughts are not your thoughts, and my ways are not your ways.” The justice of God beats every form of human logic and economics. The justice of God is governed by his generosity and unconditional love for all. His action towards the last group of workers shows he is not acting according to strict justice or market economics. He is motivated by love and generosity toward all who respond to his invitation. He will pay the same just wage to everyone because his love is unconditional. His reward depends not on when he calls anyone but on his generous and unimaginable love for all. All men are equally precious to God. His love is for all.
Have you ever felt forgotten or overlooked? Maybe everyone else seemed to get an opportunity except you. Maybe you wondered, “Does anybody even notice me?” Jesus tells us about a landowner who goes out looking for workers for his vineyard. He goes early in the morning, then at nine, noon, three o’clock—and surprisingly, he goes out again at five o’clock. The working day is almost over. Yet he finds some people still standing there and asks: “Why do you stand here idle all day?” Their answer is very touching: “Because no one has hired us.” Perhaps nobody wanted them. Perhaps everyone had passed them by. But the landowner saw them. And this tells us something beautiful about our God: God sees the people others overlook. Even when all hope is lost, God always appears to provide for us. Never give up dear child of God. Because Our God never abandons nor forgets us. God’s mercy is beyond measure, so that even those who come late to his vineyard will be welcomed by his infinite love. We all can identify with those workers of the eleventh hour, whom the master of the vineyard treats so well. For as Isaiah said, God never ignores the needs and prayers of those who are humble in heart. Let’s keep on seeking the Lord while he may be found by abandoning our wicked ways and returning to him in righteousness.
But, there is one more challenge in today’s Gospel. The workers who came early complained when they saw the landowner being generous to those who came later. And the landowner asks: “Are you envious because I am generous?” Far be it from us, that we become envious of God’s gift to others. We should be rather grateful and rejoice with them. Sometimes, we become like those laborers who were comparing their wages with that of the other laborers. Sometimes, we compare, complain, criticize and become envious of God’s generosity towards others. Comparing yourself with the good fortune of others is bound to bring a lot of misery to you. If we really want to get into that comparison mood, then we should rather compare ourselves with those who are less fortunate. This will help cure us some unnecessary envy that comes as a result of our comparisons. Today’s second reading (Phil 1:20-24,27) challenges us to appreciate our situation without comparisons. The Apostle Paul says: “Christ will be exalted in my body, whether by life or by death. For to me life is Christ, and death is gain.” The early birds, the late hires, the jobless, all have a lot to be grateful for and to hope for in this life and in the next. Because we have a Generous and Merciful Father.
La generosidad de Dios – Homilía del 25.º Domingo del Tiempo Ordinario, año A
«Amigo mío, no te hago ninguna injusticia; ¿no nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete; yo quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque soy bueno (generoso)?» (Mateo 20, 13-15 RSV).
Cristo nos plantea un dilema. ¿Cómo podría el patrón pagar a todos la misma cantidad? La clave para comprender la actuación del dueño de la viña se encuentra en la primera lectura de hoy, tomada de la profecía de Isaías: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos». La justicia de Dios supera toda forma de lógica humana y de economía. La justicia de Dios se rige por su generosidad y su amor incondicional hacia todos. Su actuación hacia el último grupo de trabajadores demuestra que no actúa según una justicia estricta ni según la economía de mercado. Le mueven el amor y la generosidad hacia todos los que responden a su invitación. Pagará el mismo salario justo a todos porque su amor es incondicional. Su recompensa no depende de cuándo llama a cada uno, sino de su amor generoso por todos. Todos los hombres son igualmente valiosos para Dios. Su amor es para todos.
¿Alguna vez te has sentido olvidado o ignorado? Quizá te pareciera que todos los demás tenían una oportunidad, excepto tú. Quizá te preguntaras: «¿Acaso alguien se fija siquiera en mí?». Jesús nos habla de un propietario que sale a buscar trabajadores para su viña. Sale temprano por la mañana, luego a las nueve, al mediodía, a las tres… y, sorprendentemente, vuelve a salir a las cinco. La jornada laboral está a punto de terminar. Sin embargo, encuentra a algunas personas que siguen allí y les pregunta: «¿Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada?». Su respuesta es muy conmovedora: «Porque nadie nos ha contratado». Quizá nadie los quería. Quizá todos los habían pasado por alto. Pero el propietario los vio. Y esto nos dice algo hermoso sobre nuestro Dios: Dios ve a las personas que los demás pasan por alto. Incluso cuando se ha perdido toda esperanza, Dios siempre aparece para proveernos. No te rindas nunca, querido hijo de Dios. Porque nuestro Dios nunca nos abandona ni nos olvida. La misericordia de Dios es inconmensurable, de modo que incluso aquellos que llegan tarde a su viña serán acogidos por su amor infinito. Todos podemos identificarnos con esos trabajadores de la undécima hora, a quienes el dueño de la viña trata tan bien. Porque, como dijo Isaías, Dios nunca ignora las necesidades y las oraciones de los que son humildes de corazón. Sigamos buscando al Señor mientras pueda ser hallado, abandonando nuestros malos caminos y volviendo a él con rectitud.
Hay otro reto más en el Evangelio de hoy. Los jornaleros que llegaron temprano se quejaron al ver que el propietario era generoso con los que llegaron más tarde. Y el propietario les pregunta: «¿Tenéis envidia porque soy generoso?». Lejos de nosotros sentir envidia por el don que Dios concede a los demás. Más bien deberíamos estar agradecidos y alegrarnos con ellos. A veces, nos comportamos como aquellos jornaleros que comparaban su salario con el de los demás. A veces, comparamos, nos quejamos, criticamos y sentimos envidia de la generosidad de Dios hacia los demás. Compararse con la buena suerte de los demás no puede sino traerte mucha infelicidad. Si de verdad queremos entrar en ese espíritu de comparación, entonces deberíamos compararnos más bien con aquellos que son menos afortunados. Esto nos ayudará a curarnos de cierta envidia innecesaria que surge como resultado de nuestras comparaciones. La segunda lectura de hoy (Fil 1, 20-24.27) nos desafía a apreciar nuestra situación sin comparaciones. El apóstol Pablo dice: «Cristo será glorificado en mi cuerpo, ya sea por la vida o por la muerte. Porque para mí la vida es Cristo, y la muerte es ganancia». Los que se levantan temprano, los contratados a última hora, los desempleados… todos tienen mucho por lo que estar agradecidos y en lo que poner su esperanza, tanto en esta vida como en la venidera. Porque tenemos un Dios Padre tan generoso y misericordioso.