14.11.2021 – Mogón – Villacarrillo – Villanueva del arzobispo

El fin glorioso de los elegidos

Dan 12,1-3; Salmo 15, Heb 10,11-14.18; Mc 13,24-32

En este 33º domingo, se nos invita a contemplar la consumación final al final de los tiempos. Por ello, las lecturas se hacen eco los signos de los tiempos y apuntan a la futura liberación del pueblo de Dios. La primera lectura y el evangelio utilizan un lenguaje apocalíptico para aludir al fin del mundo. Utilizando imágenes apocalípticas, nos advierten de “un tiempo de gran angustia, sin parangón desde que existen las naciones”; un tiempo en el que “el Sol se oscurecerá, la Luna perderá su brillo y las estrellas caerán del cielo”. Aunque estas imágenes son alusiones poéticas y no deben tomarse como descripciones literales de los acontecimientos venideros, nos recuerdan las imágenes demasiado reales que vemos en la televisión y a nuestro alrededor casi todos los días: imágenes de erupciones volcánicas, sequías, tierras en llamas, casquetes polares que se derriten, ciudades que se inundan e islas que desaparecen. Y evocan un escenario aterrador de lo que nos espera. Sin embargo, el mensaje no es de desastre, sino de esperanza.

El Libro de Daniel y el capítulo 13 del Evangelio de Marcos pertenecen a un grupo de literatura bíblica conocido como escritos apocalípticos. Los libros apocalípticos se escribieron principalmente en los tiempos difíciles de Israel, cuando toda la población, deprimida y humillada se preguntaba si su pena y su dolor no va a terminar. Utilizando imágenes que sólo podían entender los destinatarios, los autores apocalípticos anunciaban un mensaje de esperanza en medio de una gran desesperación. Decían que la maldad, la injusticia y la persecución acabarían y que surgiría un reino de justicia y paz. Proclamaron la renovación de todas las cosas: el nuevo cielo y la nueva tierra.

El libro de Daniel fue escrito cuando Israel sufría una terrible forma de opresión por parte de Antíoco Epífanes, cuyo objetivo era acabar con la religión; profanó el templo de Jerusalén y mató a todos los que se oponían a él. En el pánico de tal situación, muchos judíos abandonaron su fe. En este tiempo de angustia, el autor de la primera lectura de hoy da un mensaje de esperanza: “Miguel se levantará y defenderá al pueblo santo; se salvarán aquellos cuyos nombres están en el libro de la vida, es decir, todos los fieles de Israel que han perseverado a pesar de las pruebas y tribulaciones.” Afirma la resurrección de los muertos y, “los sabios brillarán como la bóveda del cielo, y los que han instruido a muchos en la virtud, como las estrellas por toda la eternidad.”

Estas palabras llenas de esperanza no fueron escritas sólo para los judíos de la época del rey Antíoco; son válidas para todos los que viven en condiciones similares. Cuando estamos deprimidos y desanimados al ver que el mal prevalece. Cuando sentimos que todos los esfuerzos pueden resultar inútiles, esta lectura nos enseña que ningún trabajo es en vano, ninguna lágrima, ningún dolor, ningún sacrificio perdido. Nuestra fidelidad acelerará la llegada del mundo nuevo y también nosotros participaremos en la alegría del reino de Dios. El fin de esta vida no significa el fin de todo.

Del mismo modo, el evangelio de Marcos que estamos leyendo este año litúrgico fue escrito en un momento de severa persecución en la Iglesia primitiva. Muchos miembros de la comunidad de Roma habían sido arrestados y condenados a muerte. Algunos se desanimaron y abandonaron su fe. En el pasaje del Evangelio de hoy, el evangelista Marcos consuela y fortalece a una comunidad amenazada de extinción. Su mensaje es que los que son fieles no deben tener ningún miedo. “Verán al Hijo del Hombre venir en las nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles a reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, desde los confines del mundo hasta los confines del cielo.” No deben desfallecer, sino aferrarse a las palabras de Jesús que, pase lo que pase, no pasarán nunca. Para ellos, el mundo no se dirige hacia la extinción, sino hacia una maravillosa transformación en “una tierra nueva y un cielo nuevo”, en los que participarán en el glorioso reino del Señor resucitado.

Este mensaje de esperanza es tan relevante hoy como siempre. Habitamos un mundo donde hay mucha injusticia, violencia y odio. La confianza en el progreso de la civilización humana se ha visto mermada por la aparición de nuevos conflictos y divisiones. En palabras del Papa Francisco, “vivimos en un mundo que va de crisis en crisis y que carece de una hoja de ruta compartida” (Fratelli Tutti). Somos testigos de la reciente desesperación causada por la pandemia y la erupción volcánica, el aumento del coste de la vida, muchas personas que han muerto de cáncer, y otras enfermedades etc. Las lecturas de hoy nos llaman a tener esperanza, una esperanza que mira más allá de las trágicas circunstancias de nuestro tiempo, una esperanza basada en la resurrección de Jesús, una esperanza de una nueva vida que surge de las cenizas de la muerte y la decadencia.

Al acercarnos al final del año litúrgico, se nos invita a hacer una pausa y a reflexionar sobre lo que constituye el fin del mundo, más allá de las numerosas afirmaciones y predicciones de diversos sectores religiosos y seculares sobre el despido definitivo de la existencia terrenal. La liturgia de este domingo nos invita a tomarnos un momento para reflexionar sobre el fin de nuestras vidas, no sobre el fin del mundo que ocurrirá cuando Dios lo decida. Para cada uno de nosotros, el mundo se acaba cuando nuestras vidas se llegar a su fin. En el Evangelio de hoy, Jesús nos promete un final glorioso. La verdad fundamental de nuestra fe es que Dios no está ocioso. Dios está activo. Dios está trabajando para dirigir nuestras vidas y nuestro mundo hacia una conclusión bendita. No se nos promete que llegar a esa conclusión será fácil o sin dolor. Pero se nos promete que Dios está trabajando con nosotros y que está trabajando ahora para llevarnos a la felicidad.

Oremos con el salmista de hoy: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”