Números 21,4-9, Salmo 102, Juan 8,21-30

El símbolo del pecado de Israel, la serpiente de bronce con su mordedura venenosa, se convirtió finalmente en un símbolo de curación y salvación. Siguiendo las instrucciones de Dios, Moisés hizo una serpiente de bronce y la montó en un poste, de modo que todos los que la miraban admitiendo su pecado y lamentando su ofensa eran curados por el Señor. El reconocimiento del pecado purifica la mente y el corazón, dejando al descubierto todas las excusas y llamando al mal por su propio nombre “pecado”, es decir, una ofensa contra el Dios que guía nuestras vidas. El pueblo llegó a una nueva perspectiva cuando admitió que el pecado traía la muerte, que su refunfuño era destructivo y que su desprecio por el maná provocaba la ira de Dios. Pecar significa, literalmente, errar el tiro o estar fuera del objetivo. La esencia del pecado es que nos desvía de Dios y de nuestro verdadero propósito en la vida: conocer la fuente de toda verdad y belleza, que es Dios mismo, y estar unidos a Dios en la alegría eterna. Cuando Adán y Eva cedieron a su pecado de desobediencia, intentaron literalmente esconderse de la presencia de Dios (Génesis 3:8-10). Eso es lo que hace el pecado: nos separa de Aquel que no sólo “lo ve todo” y está “siempre presente” para nosotros, sino que también es “todo amor” y “misericordioso” y está deseoso de recibirnos con los brazos abiertos de la misericordia, la curación y el perdón.

Esta serpiente de bronce tiene una historia turbia tanto en la tradición bíblica (Génesis 3, 2 Reyes 18) como en la cultura del antiguo Cercano Oriente (por ejemplo, en los rituales de fertilidad cananeos), pero la Iglesia primitiva reconoció en este símbolo un signo de Jesús en la cruz. San Pablo escribió: “Por nosotros, Dios hizo pecado al que no lo es, para que en él nos convirtamos en la santidad misma de Dios” (2Cor 5:21). En la bondad, la compasión y el perdón de Jesús reconocemos por contraste nuestras propias actitudes violentas y duras. La misma imagen de Jesús en la cruz muestra los efectos de la violencia humana, pero también revela “la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador” (Tit 3,4). El “intercambio milagroso” del que habla la liturgia consiste en que, mientras Jesús se conforma a nosotros externamente (adoptando nuestra humanidad), nosotros somos capaces de conformarnos a él internamente, convirtiéndonos en hijos de Dios. Su bondad expulsa de nuestro organismo el veneno de nuestra pecaminosidad, al soportar con amor la violencia de la crucifixión, y mediante su acto de amorosa entrega, llegamos a pertenecer como Jesús al Dios que está por encima de todo y en todo y a través de todo. 

El signo visible de la “serpiente de bronce” levantada a la vista del pueblo les recordaba dos hechos importantes: el pecado lleva a la muerte y el arrepentimiento lleva a la misericordia y la curación de Dios. El levantamiento de la serpiente de bronce en un poste de madera apunta a que Jesucristo fue levantado en la cruz de madera en el Calvario, donde tomó nuestros pecados sobre sí mismo para hacer expiación al Padre en nuestro nombre. La cruz de Cristo rompió la maldición del pecado y de la muerte y ganó el perdón, la curación y la vida eterna para todos los que creen en Jesús, el Hijo de Dios y Salvador del mundo. El Evangelio nos anima a tomar una decisión. Por ejemplo, aunque muchos creyeron en Jesús y en su mensaje, muchos otros, incluidos los líderes religiosos, se opusieron a él. Algunos se burlaron abiertamente de él cuando les advirtió sobre su pecado de incredulidad. Es imposible ser indiferente a la palabra de Jesús y a sus juicios. O estamos a favor o en contra de él. No hay término medio ni partes neutrales. Creer en el poder salvífico de la cruz debe conducir a actitudes y acciones humanas concretas.