
Lecturas: Isaías 55, 10-11; Salmo 64, 10-14; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23
A los profesores les suele sorprender lo que recuerdan sus alumnos. A veces, les oyen decir: «Recuerdo que una vez dijiste…» tal o cual cosa. Incluso las simples palabras pronunciadas pueden tener una vida extraordinaria. A veces recordamos cosas que dijeron nuestros padres, mucho tiempo después de que hayan fallecido; sus palabras no mueren mientras sigamos vivos y las recordemos. Lo que es cierto para la palabra ordinaria lo es aún más para la de Dios. Las palabras tienen poder. Piensa en el efecto que tiene decirle a otra persona: «Te quiero». «Ayudémosle». «Te odio». «Quiero el divorcio». «Te mataré». «Hemos descubierto la vacuna». Una simple frase puede aplastar o redimir. También puede destruir una nación o salvarla. Si las palabras humanas tienen tal poder para marcar la diferencia, imagina el poder de la Palabra de Dios. Aunque la palabra humana a veces puede ser falsa, la palabra de Dios es siempre verdadera. Ese es el énfasis de las lecturas de hoy. Isaías lo expresa con contundencia: «La palabra que sale de mi boca no volverá a mí sin haber cumplido su propósito, ni antes de haber llevado a cabo mi voluntad y haber logrado lo que se le encomendó». El evangelio de hoy nos advierte contra la obstinación, la indiferencia o la dureza de corazón ante la palabra de Dios. Nos insta a dejar que la Palabra caiga en buena tierra, para que pueda dar una rica cosecha en nuestras vidas.
La parábola del sembrador, a diferencia de la mayoría de las parábolas, no comienza con «El reino de los cielos es como…», ya que describe cómo comienza el reino. Comienza con la predicación de la Palabra, la siembra de la semilla en los corazones de las personas. Cuando decimos: «Déjame sembrar este pensamiento en tu mente», expresamos la idea de esta parábola. La semilla es la Palabra de Dios; los distintos tipos de tierra representan diferentes clases de corazones; y los diversos resultados muestran las distintas respuestas a la Palabra de Dios. El corazón humano es como una tierra receptiva a la semilla de la Palabra de Dios. La tierra sobre la que cayó la semilla representa cuatro categorías de corazones de los oyentes, es decir, cuatro reacciones diferentes a la Palabra de Dios: el corazón duro, el corazón superficial, el corazón abarrotado y el corazón fecundo.
La Palabra de Dios es una semilla potente y viable. El problema no es ni la semilla ni el sembrador, sino quien la recibe. Somos nosotros quienes determinamos qué tipo de suelo será nuestro corazón: un corazón duro, un corazón superficial, un corazón abarrotado o un corazón receptivo. La forma en que recibimos, valoramos y tratamos la Palabra de Dios determina quiénes somos y qué logra en nosotros y para nosotros. La palabra de Dios no está destinada a ser recibida y puesta en cuarentena, sino a ser vivida. No está destinada a ser pasiva; está destinada a nutrirnos y a fundirse con nosotros, del mismo modo que la comida forma la carne y se funde con nuestros cuerpos mortales. Se supone que debe moldear nuestra personalidad, nuestra forma de vivir y de relacionarnos unos con otros.
Aunque nada puede sustituir a escuchar la palabra de Dios en la Iglesia, el terreno más fértil para la palabra de Dios es el hogar. Si se hace un hueco para Dios en el hogar, si los padres rezan con sus hijos desde pequeños, si se tratan con amor, si asistir a misa, como memorial de Cristo, es realmente importante para los padres, ¡hay muchas posibilidades de que la semilla eche raíces y crezca en el corazón de sus hijos! En cierto sentido, la educación es lo que permanece cuando ya se han olvidado los textos en sí. Olvidamos con mucha facilidad lo que se dijo en la iglesia o en el colegio. Pero nunca olvidamos lo que ocurre en la casa. El odio, la tensión y las peleas, o la esperanza, el amor y la paz. Son las cosas cotidianas las que nos marcan a la mayoría de nosotros: el esfuerzo diario, los esfuerzos repetidos que un padre o una madre realizan, por separado o juntos, para pensar en nosotros y recordarnos a Dios. Si recibimos la palabra de Dios cada día en nuestras vidas e intentamos vivirla, entonces estamos sembrando nosotros mismos la semilla para la generación más joven y las generaciones venideras.
La palabra de Dios también encuentra un terreno fértil y un gran futuro cuando cae en un corazón joven. Por eso, si eres joven, sé generoso y ábrete a la Palabra de Dios. Sé sincero, justo, solidario y bueno. Sé fiel a tus oraciones y a la Eucaristía dominical, y dale vida a lo largo de la semana mediante el gran mandamiento del amor. Una de las santas más grandes que ha dado la Iglesia, santa Teresa de Lisieux, «la florecilla», tenía solo veinticuatro años cuando murió. Y san Carlo Acutis tenia solo quince años ¡Aprovechó muy bien su juventud!
Probablemente, el Evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre cuál es nuestro lugar en él. Debemos preguntarnos si nuestro corazón se parece al terreno duro del camino, al terreno pedregoso, a las espinas —donde la semilla de la Palabra de Dios no puede echar raíces o se ve ahogada— o al terreno fértil, donde echa raíces profundas y florece.
Que Dios nos ayude a convertirnos en un terreno fértil para que la palabra de Dios dé fruto al ciento por uno, especialmente en nuestros hogares y familias. Amén.