
Lecturas: 1Re 4, 8-11; 14-16a; Salmo 89; Rom 6, 3-4; 8-11; Mt 10, 37-42
Al celebrar este decimotercer domingo, la Iglesia, a través de las lecturas, nos invita a plantearnos estas preguntas ¿Seguimos valorando la presencia de los demás? ¿Somos sensibles a sus necesidades? ¿Es nuestra presencia una bendición para las personas con las que nos encontramos? ¿Somos una bendición para quienes se cruzan en nuestro camino? ¿Supone eso alguna diferencia, o es una carga más en sus vidas? ¿Qué bien aporto a la vida de los demás?
En la primera lectura, leemos esta hermosa historia sobre la generosidad de la pareja de Sunem hacia Eliseo. Su generosidad les trajo la bendición y la alegría de su vida. Podemos aprender mucho de esta lectura. Fueron sensibles a la difícil situación y a la necesidad inmediata del hombre de Dios. No podían imaginar que aquel fuera el comienzo de su bendición. Así, gracias a este acto de generosidad, hospitalidad y sensibilidad, las cosas cambiaron para bien. Se cumplió el deseo que tanto tiempo habían anhelado.
Por otra parte, Eliseo se mostró igualmente preocupado y sensible ante las necesidades de esta pareja de Sunem. Así pues, en lugar de sobrecargarlos con más peticiones o aprovecharse de su generosidad, oró por ellos y los bendijo a través de su ministerio profético. De este modo, su presencia fue una bendición para aquella casa, más que una carga. Basta con señalar que el nombre de Eliseo significa: «Dios salva». Precisamente, esto es lo que su acción confirmó.
Jesús se hace eco de este mensaje de hospitalidad y nos recuerda que «quien dé de beber tan solo un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por el hecho de que sea discípulo, no perderá su recompensa». Cualquier ayuda que pueda brindar a otro ser humano, simplemente por el hecho de que sea una criatura de Dios, creada a imagen y semejanza de Dios, Dios me la recompensará. Ningún acto de bondad ni de hospitalidad quedará sin recompensa.
Querido hijo/hija de Dios, no te canses de hacer el bien. No te canses de tender una mano a quien lo necesite. No te canses de contribuir a paliar situaciones de crisis humanitaria. Precisamente esta semana hemos visto, leído y oído hablar del doble terremoto en Venezuela, que ya se ha cobrado cientos de vidas, con muchas personas aún bajo los escombros e innumerables heridos, además de pérdidas personales y materiales. Si le das tan solo un vaso de agua fría a uno de ellos, sin duda no perderás tu recompensa. Cada oportunidad de ser caritativo, hospitalario y generoso es una oportunidad para recibir la bendición de Dios. No murmures, no te contengas ni te muestres reacio a hacerlo.
Como nos recuerda hoy San Pablo, si todos vivimos para Dios en Cristo Jesús, entonces no debemos tener miedo de amar a Dios por encima de todas las cosas, incluyendo al padre, a la madre, al hijo, a la hija e incluso a la vida misma. Amamos a Dios siendo hospitalarios, acogedores, comprensivos y generosos con los demás. ¿Y si «el que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí» significara también «el que no sea hospitalario ni sensible a las necesidades de los demás, no es digno de mí»?
Al ser caritativos, hospitalarios y sensibles con quienes nos rodean, también estamos cumpliendo el mandato de tomar la cruz del discipulado; también estamos cumpliendo el mandato de amar a Dios por encima de todas las cosas.