
Exódo 19:2-6a; Salmo 100; Romanos 5:6-11; Mateo 9:36-10:8
El Evangelio de hoy nos lleva a un momento decisivo del ministerio de nuestro Señor, cuando Jesús envía a los Doce en misión para continuar sus obras y anunciar el Reino. Este Evangelio arroja más luz sobre el discipulado y la misión en nuestros días.
Cuando Jesús miró a la multitud, se nos dice que nuestro Señor sintió compasión por ellos por tres razones: estaban agobiados, angustiados (o desorientados) y eran como ovejas sin pastor. Todos estos elementos son importantes. En primer lugar, debemos señalar que la respuesta de Jesús fue de compasión. Sin duda, nuestro Señor podría haber tenido muchas otras respuestas al mirar y ver a la multitud. Podría haber expresado frustración, ira o antagonismo hacia un grupo tan difícil, pero su respuesta destacada fue la de la compasión. Esto se debe a que Jesús vio en la multitud no motivos de error, sino potencial para la grandeza.
Nuestro Señor quería ver a las multitudes como discípulos en potencia y deseaba ayudarlas a desarrollarse y crecer, en lugar de que se marchitaran y desperdiciaran sus vidas. Para lograr ese crecimiento, necesitaban orientación (pastoreo, liderazgo), y por eso Jesús se sintió impulsado a satisfacer esa necesidad. Nuestro Señor podría haberse visto motivado a enviar a sus discípulos en misión por el deseo de hacer frente al mal liderazgo que estaba desviando a las multitudes, o para corregir sus caminos erróneos, o para llenar un vacío de poder en la sociedad de aquella época. La respuesta compasiva de Jesús hacia las multitudes muestra que la suya es una misión de compasión. La motivación de su misión implica una empatía sincera por la difícil situación de los demás y la voluntad de ayudar a aliviar su sufrimiento.
La compasión de Jesús debería desafiarnos a reflexionar sobre cómo respondemos ante los momentos difíciles de otras personas. ¿Cómo sueles responder cuando ves a alguien acosado por las circunstancias de su vida, destrozado por la malicia de los demás o carente de una orientación clara? ¿Te mueve la compasión para ayudar y ofrecer orientación a quienes se sienten perdidos en el camino de la vida, o siempre miras para otro lado?
Cuando Jesús envía a los discípulos a la misión, les dice que hagan básicamente tres cosas: comunicar la Buena Nueva (el Reino de los Cielos), aliviar el sufrimiento (obras de sanación) y enfrentarse al mal (expulsar demonios). Estas acciones resumen el ministerio fundamental del propio Jesús y muestran que los discípulos fueron enviados para continuar ese ministerio. Esta es la misión a la que tú y yo también estamos llamados como cristianos. Debemos ser enfáticos al anunciar, mediante una proclamación explícita, la Palabra de Dios a tiempo y a destiempo. Debemos llevar a cabo obras de caridad que busquen aliviar el sufrimiento humano. Debemos enfrentarnos a la presencia del mal y nunca volvernos complacientes ni tolerantes con él.
El salmista nos recuerda que somos el pueblo de Dios, que somos las ovejas de su rebaño. Cumplimos con esto siendo fieles a la misión que Dios nos ha encomendado. Al enviarnos en misión, Dios nos dota de diversos dones, carismas y talentos. Él nos pedirá cuentas de cómo hemos utilizado estos dones en la misión. Cuando utilizamos nuestros dones, talentos y recursos generosamente para la misión del Evangelio (proclamar la fe, aliviar el sufrimiento y hacer frente al mal), nos convertimos en testigos más auténticos de Jesús. Mientras llevamos a cabo nuestra misión como cristianos que vivimos en este mundo angustiado, acosado y a veces confuso, recordemos adoptar la actitud de Cristo: la compasión. Porque sin compasión no hay misión. Una misión sin compasión es una contradicción.