12.11.2023 – Villanueva del Arzobispo – Iznatoraf

Estad despiertos, porque no sabéis ni el día ni la hora

Sabiduría 6,12-16, Salmo 62, 1Tesalonicenses 4,13-18, Mateo 25,1-13

El banquete de bodas es una imagen constante de la vida eterna en el Nuevo Testamento. Ciertamente, sólo podemos hablar de lo desconocido y lo no familiar en términos de lo que es conocido y familiar. El banquete de bodas pone de relieve la vida eterna como ese estado en el que se saciarán el hambre y la sed más profundas de nuestras vidas, especialmente el hambre y la sed de amor, de Dios que es amor. Hoy el salmista capta así ese anhelo: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. En la segunda lectura, Pablo. sin hacer uso de la imagen del banquete, habla de la vida más allá de la muerte en un sentido similar: es ese momento eterno en el que “Dios los traerá (a los que han muerto) con él” y en el que “permaneceremos con el Señor para siempre”. La vida eterna significará entrar en una relación nueva” y más plena con Dios y, a través de él, con toda la creación.

Sin embargo, la parábola de hoy de las diez vírgenes nos advierte de que es posible excluirnos del banquete de la vida eterna. Sólo los que estaban preparados entraron con el novio en el salón de bodas. Cuando Dios venga a traernos, ¿estaremos preparados? La vida, incluida la vida después de la muerte, es un don (un regalo) de Dios para nosotros y un don, un regalo por definición, puede ser rechazado. Sin embargo, sin duda estaremos preparados para aceptar este don supremo, si a lo largo de nuestra vida hemos aprendido a ser receptivos a Dios. Nuestras actitudes cotidianas determinarán nuestra actitud en el momento de la muerte. El evangelio de hoy concluye con una fuerte advertencia: “Estad despiertos.” Una forma importante de estar despiertos a Dios es la oración. “¿Por qué dormís?” preguntó Jesús a sus amigos, “levantaos y orad” (Lc 22,46.) Orar es despertar al Señor, que siempre está despierto para nosotros. En la oración buscamos al Señor, lo deseamos, velamos por Él y pensamos en Él. Orar es hacerse niño, crecer en la receptividad a la presencia de Dios en nosotros. Estar despierto es estar vigilante. Velar es ser sabio. Y la sabiduría nos ayuda a comprender que la vida presente pasa.

La vigilancia cristiana, es decir, prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen es vela con el corazón, con la fe, con la esperanza, con la caridad y con las obras. No es suficiente que estemos en la Iglesia, esperando sin mas el acontecimiento definitivo; hay que mantener viva la fe y hacer buenas obras.

Seguimos en el mes de noviembre, mes en el que rezamos por nuestros hermanos difuntos. El apóstol Pablo nos recuerda que no debemos afligirnos por ellos como los que no tienen esperanza. En su lecho de muerte, Santa Mónica hizo una última petición a su hijo Agustín: “Deposita este cuerpo en cualquier lugar, esto sólo te pido, que me recuerdes en el altar del Señor dondequiera que estés.” San Pablo nos recuerda que en la muerte la vida cambia, no termina. Esta es nuestra esperanza cristiana; esta es la confianza que Dios nos ha dado. En esta fe y esperanza, seguimos encomendando al Señor en nuestras oraciones a nuestros hermanos difuntos en este mes de los caídos.