Isa 42, 1-4, 6-7, Salmo 28, Hechos 10: 34-38, Marcos 1:7-11

Normalmente el domingo que sigue a la fiesta de la Epifanía es dedicado a celebrar el bautismo de Cristo, y señala la culminación de todo el ciclo navideña o de la manifestación del Señor. Es también el domingo que da paso al tiempo ordinario. ¿Qué es el Bautismo? El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1213).

Cuando Cristo se metió en la cola para esperar su turno de ser bautizado, seguramente Según el relato de evangelista Mateo, Juan Bautista no sabía qué hacer. Llegó el Mesías delante de él y pidió el bautismo. El Bautista exclamó: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿tú vienes a mí?” (Mt 3,14). El Catecismo hace referencia a esta actitud humilde de Cristo en el n. 536: Hay una diferencia importante entre los dos bautismos: El de Juan: con agua, exterior, signo de arrepentimiento para el perdón de los pecados. El de JESÚS: con Espíritu Santo, renovación interior que nos hace “partícipes de la naturaleza divina.” “No soy digno ni siquiera de desatar la correa de su sandalia…” trabajo reservado al más inútil de los esclavos. Con este comentario, Juan destaca la infinita distancia entre él y Jesús.

¿Por qué entonces Jesús se hace bautizar por Juan? [es una escena tan impresionante, que podría resultar incomprensible, y hasta escandalosa]. Pero admitámoslo, y descubramos nuevamente el “modo” que Dios emplea para salvarnos: hoy se pone en la fila de los pecadores, y aunque no lo necesitaba, se somete también a un bautismo de penitencia. Se ha hecho semejante a nosotros en todo, y por eso no se avergüenza de colocarse en la fila de aquellos que se preparaban para la llegada del Reino de Dios… así como tampoco se avergonzó de nosotros cuando tomó sobre sí todos nuestros pecados, y subió a la Cruz como si fuese un delincuente.

Pero el bautismo que recibió Jesús fue muy “especial:” ciertos hechos nos indican que con Él comienza un nuevo bautismo: El cielo abierto (ya nunca más cerrado por los pecados, como hasta este momento) Es decir, comienza una nueva etapa de relación entre Dios y los hombres: el Cielo viene a nosotros, y nosotros vamos allá: viene con Cristo y el Espíritu Santo. Llega todo, porque Dios mismo viene, y Él será para nosotros y nos dará todo. Estamos frente al comienzo de una nueva humanidad, divinizada.

¿Por qué se bautizó Jesús? Jesús comienza su vida pública tras hacerse bautizar por san Juan el Bautista en el Jordán y, después de su Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mateo 28:19-0, Mc 16:15-16). Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de san Juan donde el Espíritu descendió sobre Él, y el Padre manifestó a Jesús como su “Hijo amado.” Con su Muerte y Resurrección, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes de la gracia. Por eso, el bautismo de la Iglesia borra el pecado original y nos hace hijos de Dios (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1223, 1224, 1225).

Según evangelista Marcos, el Padre no “presenta” a su Hijo “Éste es mi Hijo amado”, sino que se dirige a Él “Tú eres mi Hijo…” Cristo nos representa a todos, que desde ese momento pasamos a ser hijos amados, complacencia del Padre. Cuando somos bautizados, esta vocación eterna se verifica efectivamente, verdaderamente: somos una nueva creación. Por lo tanto, nuestra dignidad, nuestra gloria, y nuestro compromiso pasa por VIVIR NUESTRO BAUTISMO.

“Éste es mi Hijo” del evangelio resuena “Éste es el servidor sufriente” de la primera lectura de hoy. Ambos se refieren a Cristo y por extensión a nosotros también. Por nuestro propio bautismo somos llamados a imitar completamente a Cristo. Ojo: Escucharnos como describe Pedro a Jesús en la segunda lectura: “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos.” Esto es precisamente nuestro llamado como cristianos. Hoy, os invito a preguntarnos como una mirada al día de nuestro bautismo “¿que estoy haciendo yo que no merece el nombre de cristiano?” “¿Qué estoy haciendo yo que no merece ´hijo amado´ de Dios?” Un poco reflexión sobre estas preguntas nos ayudara al arrepentimiento y conversión.