
Nuestras tentaciones
Génesis 2:7-9, 3:1-7, Salmo 50, Romanos 5:12-19, Mateo 4:1-11
Cada año, en el primer domingo de Cuaresma, la Iglesia nos lleva al desierto con Jesús. No para asustarnos. No para abrumarnos. Sino para mostrarnos algo esencial: las tentaciones a las que se enfrentó Jesús son las mismas tentaciones a las que nos enfrentamos nosotros. Y la forma en que Él responde es la forma en que estamos llamados a responder. La estrategia del diablo no ha cambiado desde el Jardín del Edén. Adán y Eva cayeron en estas tentaciones. Jesús las vence. Y en su victoria, nos muestra cómo vivir.
Repasemos cada tentación: lo que significó para Jesús, cómo se manifiesta en nuestras vidas y lo que nos enseña su respuesta.
La primera tentación: «Convierte estas piedras en pan». La tentación de satisfacer el hambre real de manera incorrecta. Jesús tiene hambre, cuarenta días de hambre. El diablo le susurra: «Si eres el Hijo de Dios, convierte estas piedras en pan». Es la tentación de satisfacer una necesidad real de una manera equivocada. Cómo lo hacemos en la vida real. Todos tenemos un hambre profunda: el hambre de ser amados, el hambre de pertenecer, el hambre de paz, el hambre de significado, el hambre de alegría. Estos son hambres buenos y santos. Pero a menudo tratamos de satisfacerlos con «piedras». Por ejemplo: una joven dijo una vez: «Sé que esta relación no es buena para mí, pero al menos me siento querida». No buscaba el pecado, buscaba el amor. Pero estaba alimentando su corazón con piedras. Un hombre llega a casa estresado y se adormece con horas de navegación por Internet. No busca el pecado, busca la paz. Pero está alimentando su alma con piedras. Una adolescente publica en las redes sociales cosas en las que no cree solo para conseguir «me gusta». No está buscando el pecado, está buscando pertenecer. Pero está alimentando su identidad con piedras. La respuesta de Jesús: Jesús dice: «No solo de pan vive el hombre». Significado: Solo Dios puede satisfacer las necesidades más profundas del corazón humano.
La segunda tentación: «Tírate abajo». La tentación de poner a prueba a Dios, de exigir pruebas, de insistir en que Dios actúe según nuestros términos. El diablo lleva a Jesús a lo alto del templo y le dice: «Salta. Dios te sostendrá». Es la tentación de forzar la mano de Dios. De decir: «Dios, demuéstranos que existes». Cómo hacemos esto en la vida real. Ponemos a prueba a Dios cuando decimos: «Si Dios realmente me ama, solucionará este problema ahora mismo». «Si Dios es real, me dará una señal». «Si Dios quiere que crea, hará algo espectacular». «Si Dios quiere que perdone, primero cambiará mis sentimientos». Convertimos la fe en una negociación. Por ejemplo: un niño se sube al tejado después de que le hayan dicho que no lo haga y luego grita: «¡Papá, cógeme!». El padre lo coge, pero le dice: «No te pongas en peligro y esperes que yo lo arregle». Eso es poner a prueba a Dios. Un estudiante no estudia y luego reza para sacar un sobresaliente. Quiere que Dios haga por él lo que él se ha negado a hacer por sí mismo. Un hombre dice: «Si Dios quiere que crea, me enviará un milagro». Un sacerdote sabio le responde: «Dios ya te envió uno. Se llama Jesús». La respuesta de Jesús. Jesús dice: «No pondrás a prueba al Señor tu Dios». La fe no es control. La fe es confianza.
La tercera tentación: «Todo esto te daré». La tentación de los atajos, las concesiones y ganar el mundo a costa de nuestra alma. El diablo le muestra a Jesús todos los reinos del mundo y le dice: «Todo esto te daré… si te postras». Esta es la tentación de tomar el camino fácil. Elegir el éxito sin sacrificio. Elegir el poder sin integridad. Elegir la corona sin la cruz. Cómo lo hacemos en la vida real. Nos enfrentamos a esta tentación cuando decimos: «Voy a tomar un atajo, nadie se dará cuenta». «Diré lo que la gente quiere oír, no lo que es verdad». «Elegiré la comodidad en lugar del compromiso». «Comprometeré mis valores para salir adelante». Por ejemplo: a un hombre de negocios le ofrecen un acuerdo lucrativo, si guarda silencio sobre algo poco ético. Dijo que se sentía como si el diablo le susurrara: «Solo inclínate un poco». Se alejó. Conservó su alma. Un político sabe lo que es correcto, pero no lo dice porque podría costarle votos. Poder sin principios. Una adolescente publica en las redes sociales cosas en las que no cree para ganar popularidad. Aprobación sin autenticidad. La respuesta de Jesús: Jesús dice: «Adorarás al Señor tu Dios, y solo a Él servirás». Rechaza los atajos, las concesiones, la gloria sin sacrificio. Elige el camino del Padre, aunque sea más difícil.
Las tres tentaciones nos enseñan que Jesús es el nuevo Adán. Adán y Eva cayeron en estas mismas tentaciones: el ansia de algo más, la duda sobre la bondad de Dios, el deseo de poder. Jesús triunfa donde ellos fracasaron. En segundo lugar, la tentación no es un signo de debilidad. Si Jesús fue tentado, entonces la tentación no es pecado. Es una invitación a elegir a Dios. En tercer lugar, el diablo siempre ofrece atajos, pero los atajos siempre cuestan más de lo que prometen. En cuarto lugar, Jesús nos muestra cómo luchar con: confianza, la Sagrada Escritura, obediencia e identidad arraigada en el Padre. Por último, no luchamos solos. Jesús ha estado en el desierto. Él conoce la batalla. Él camina con nosotros.
Las tres tentaciones no son historias antiguas. Son la historia de nuestras vidas. Cuando nos sentimos vacíos → buscamos piedras, cuando sentimos miedo → ponemos a prueba a Dios, cuando nos sentimos ambiciosos → tomamos atajos. Pero Jesús nos muestra otro camino: confianza en lugar de atajos, obediencia en lugar de compromiso, rendición en lugar de control, Dios en lugar del mundo. Esta Cuaresma, sigámosle al desierto. No con miedo, sino con esperanza. Porque Aquel que venció la tentación camina a nuestro lado. Y si caminamos con Él, resucitaremos con Él. Amén.