De la ley externa a la conversión interior

Sir 15:15-20; Ps 119; 1Cor 2:6-10; Mt 5:17-37

En el Evangelio, Jesús nos dice que no basta con parecer justos por fuera; lo que importa es la condición del corazón. Un profesor de catequesis le preguntó una vez a un niño: «¿Alguna vez has infringido alguno de los mandamientos?». El niño respondió con seguridad: «¡No, señor! ¡No he matado a nadie, no he robado nada y no he cometido adulterio!». El profesor sonrió y dijo: «Eso está muy bien. Pero ¿alguna vez has peleado con tu hermana?». El niño se detuvo… y luego dijo en voz baja: «Bueno… eso no es grave. Eso es solo en familia». Nos reímos… pero eso es exactamente lo que Jesús nos enseña hoy. Muchos de nosotros pensamos que la santidad consiste solo en evitar los «grandes» pecados. Pero Jesús va más allá. Dice que la ira importa. Los insultos importan. Lo que ocurre en el corazón importa.

Jesús va más allá: no basta con decir «yo no he matado». Él pregunta: «¿Has destruido a alguien con tu ira?». No basta con decir «yo no he cometido adulterio». Él pregunta: «¿Tu corazón es puro?». Jesús pasa de la ley externa a la transformación interior: no solo evitar el asesinato, sino eliminar la ira. No solo evitar el adulterio, sino guardar el corazón. No solo evitar las mentiras, sino ser sincero. Muchos de nosotros podemos decir: «No he cometido pecados graves», pero hoy Jesús pregunta: ¿Qué hay de los rencores que guardas? ¿La amargura que escondes? ¿La deshonestidad en las pequeñas cosas? El cristianismo no se trata solo de lo que hacemos en realidad, sino de lo que llevamos en nuestro corazón. El cristianismo no se trata de parecer bueno, sino de volverse bueno desde dentro. El cristianismo no se trata de manejar las apariencias. Se trata de transformar el corazón.

El antiguo mandamiento decía: «No matarás». Pero Jesús nos dice que las raíces de la violencia comienzan mucho antes de que se levante una mano. Comienzan en el corazón. Nos advierte que incluso la ira hacia un hermano o una hermana está prohibida. No basta con abstenerse de golpear a alguien; ni siquiera debemos desearle daño. No debemos permitir que el resentimiento eche raíces. Jesús se pronuncia en contra de la ira que se acumula, la ira que se niega a perdonar, la ira que alimenta viejas heridas y sueña con venganza. Ese tipo de ira no tiene cabida en el corazón de un discípulo. Un antiguo dicho dice que «la ira nubla el juicio y ciega el alma». Séneca la llamó «una breve locura», y sabemos lo cierto que puede ser eso.

Jesús luego se refiere a la forma en que la ira se refleja en nuestro lenguaje. Nos advierte que no llamemos a nadie «Raqa», una palabra que menosprecia y humilla. El desprecio es un pecado grave, porque proviene del orgullo. Puede provenir de nuestros orígenes, nuestra condición social, nuestra riqueza o incluso nuestro conocimiento. Pero nunca debemos menospreciar a nadie por quien Cristo derramó su sangre. Destruir el buen nombre de una persona es una ofensa grave. Las palabras importan. Pueden sanar o pueden herir. Pueden edificar o pueden derribar. Y Dios las escucha todas.

Jesús enseña que el mandamiento contra el asesinato no se refiere solo al acto en sí. Se refiere a la ira, el desprecio y la calumnia que habitan en el corazón mucho antes de que se cometa el acto. Una persona que alberga estas cosas puede que nunca levante la mano con violencia, pero a los ojos de Dios, las semillas del asesinato ya están allí.

La antigua ley decía: «No cometerás adulterio». Pero Jesús nos llama a la pureza de corazón. Nos advierte contra las infidelidades silenciosas que comienzan en la imaginación: las fantasías, las tentaciones que entretenemos a través de imágenes, medios de comunicación o retraimiento emocional. Estas cosas pueden agotar el amor y crear distancia incluso dentro del mismo hogar. Una pareja puede compartir un techo, pero estar a kilómetros de distancia en su corazón, porque se ha descuidado la fidelidad del espíritu.

La antigua ley decía: «No darás falso testimonio». Pero Jesús va más allá. Nos dice que nuestra palabra debe ser tan honesta y fiable que no necesitemos jurar nada. Sin lagunas. Sin medias verdades. Sin significados ocultos. Cristo nos llama a ser personas de verdad, personas cuyo «sí» significa realmente sí y cuyo «no» significa realmente no.

En todo esto, Jesús nos enseña a mirar dentro de nosotros mismos. Las actitudes preceden a las acciones. La verdadera medida de la violencia en nuestra sociedad no se encuentra solo en las estadísticas sobre delincuencia, sino en la forma en que menospreciamos a los demás, guardamos rencor y dejamos que el odio se enconé. La desintegración de la vida familiar no comienza con las tasas de divorcio, sino con la lenta erosión del compromiso, la presencia y la responsabilidad. Y la medida de la falsedad en nuestro mundo no se encuentra solo en el perjurio, sino en las evasivas cotidianas, las pequeñas mentiras, las medias verdades que se han vuelto tan comunes.

Señor Jesús, tú escrutas nuestros corazones y nos conoces completamente. Tú nos llamas más allá de la obediencia exterior a la verdad más profunda del amor. Limpia nuestros corazones de ira, resentimiento y desprecio. Guarda nuestras mentes de los pensamientos que nos alejan de Ti. Haz que nuestras palabras sean honestas, amables y vivificantes. Fortalece nuestras familias con un corazón fiel. Sana nuestras relaciones con la gracia del perdón. Enséñanos a caminar por Tus caminos con sinceridad y alegría. Que Tu Espíritu nos transforme desde dentro, para que nuestras vidas reflejen no solo la letra de Tu ley, sino el amor que la cumple.