22.12.2024 – Villanueva del Arzobispo – Iznatoraf (Jaén)

Cuentos de dos mujeres

Miqueas 5,2-5, Salmo 79, Hebreos 10,5-10, Lucas 1,39-44

En este último domingo antes de Navidad, el Evangelio se centra en María, la futura madre, y en particular, en su visita a su prima Isabel. Se produce el encuentro de dos mujeres embarazadas. Ambas son de edades diferentes, pero ambas están llenas de alegría y preocupación por la otra. María va a visitar a Isabel por el riesgo que conlleva un embarazo en una edad tan avanzado. El hecho de que María se puso en camino de prisa atravesando casi medio país para hacer la visita es un signo claro de la generosidad y la bondad de María. A la luz del Espíritu Santo, Isabel reconoció el privilegio de María como madre del Mesías tan esperado. Saluda a María con las palabras que nos son tan familiares en nuestro Ave María. Y María responde con las palabras igualmente familiares del Magnificat. Estas dos grandes mujeres comprenden el milagro de la concepción y el nacimiento. Pero en cada caso, hubo una intervención divina de un modo verdaderamente excepcional. El Evangelio dice que ambas fueron informadas de este hecho por las palabras de un ángel; cada una tenía un mensaje de Dios que se lo decía.

El encuentro entre estas dos mujeres nos recuerda que también nuestra propia vida es un don de Dios; lo que podríamos llamar gracia ordinaria. Desde la concepción hasta la muerte, cada uno de nosotros es producto de un pensamiento consciente de Dios. Es a partir de este entendimiento que la Iglesia toma su posición en todas las cuestiones relacionadas con la vida. En algunos momentos de nuestra vida, llegamos a reconocer realmente la mano de Dios en nuestras vidas. Quizá en el momento en que finalmente decidimos nuestra pareja en el matrimonio; o quizá en el nacimiento de un hijo, un cambio en las circunstancias laborales o la muerte de un ser querido. Tal vez fue un momento de oración, la gracia de un sacramento, un consejo en el confesionario, las sabias palabras de un amigo o pariente en un momento crítico. El hecho es que Dios sigue trabajando con nosotros y por nosotros. Dios tiene una visión a largo plazo y hay períodos de aparente esterilidad, de aparente soledad. Pero todo ello forma parte de esa gestación que es la vida en la tierra. Nacimos en este mundo y renaceremos a la vida eterna. El encuentro entre María e Isabel nos recuerda que Dios, que nos trajo a la existencia, también nos sostiene y nos alimenta, y nos acogerá en la vida eterna. Cuando celebramos el nacimiento de Jesús en Navidad, celebramos también nuestro propio nacimiento, un nacimiento, una vida que fluye hacia la muerte y la resurrección final.

En este cuarto domingo de Adviento, también se nos recuerda que nadie es demasiado pequeño para ser utilizado como un verdadero instrumento en las manos de Dios. Ningún talento o don es demasiado insignificante para ser transformado por Dios. Belén-Efrata era considerada «demasiado pequeña para estar entre los clanes de Judá», y sin embargo, de allí sacó Dios al «que ha de ser príncipe en Israel; cuyo origen es desde antiguo, desde los tiempos antiguos» (Miqueas 5,1). Lo mismo sucede con María, la casi insignificante doncella de pueblo, que se convirtió en un vaso para Dios con sólo decir «¡sí!». – ¡La Fiat! Su prima Isabel, llena del Espíritu Santo, fue la primera en declarar bienaventurada a María (Lc 1,39-45). Una vez más, nadie es insignificante o inadecuado, y nadie debe sentirse así, porque Dios es quien puede reescribir nuestras historias. Así pues, no debemos agobiarnos por las cosas que nos faltan, sino centrarnos en utilizar todo lo que tenemos (por poco que sea) al servicio de Dios y de la humanidad. Nuestra vida diaria debería ser un constante SÍ a Dios, ante quien todos somos lo suficientemente importantes como para ser utilizados para grandes cosas.