17.11.2024 – Villanueva del Arzobispo – Iznatoraf (Jaén)

¿Cuándo se acabará el mundo?
Daniel 12,1-13, Salmo 16, Hebreos 10,11-14.18, Marcos 13,24-32
Al llegar al final del año litúrgico, se nos plantea una de las preguntas y preocupaciones más importantes del movimiento apocalíptico, «¿cuándo se acabará el mundo?» o «¿cuándo tendrá lugar la parusía, la segunda venida de Cristo?».
A lo largo de los años, desde la Ascensión de Cristo al cielo, ha existido esta expectativa de su regreso, por lo que han cobrado impulso muchos movimientos y teorías basados en una vertiente de la literatura bíblica conocida como «apocalipsis». Algunos de estos movimientos y teorías se basan en las imágenes gráficas proporcionadas en los propios libros bíblicos, incluyendo Dan 7-12, Marcos 13 y Apocalipsis. Cada vez que experimentamos un tipo de catástrofe como pandemias, guerras, hambruna (sequía) e incluso inundaciones, estos movimientos utilizarán los libros bíblicos para crear este pánico de que el fin está aquí.
Un ejemplo reciente y claro fue en el cierre del segundo milenio, en el año 1999 – hubo estos libritos circulando de que el mundo llegará a su fin en el año 2000. Una vez más, a raíz de la pandemia de coronavirus en 2020 que casi paralizó las actividades de un porcentaje significativo de la población mundial, incluyendo un confinamiento total y parcial, hubo estas fuertes instrucciones de advertencia de los movimientos apocalípticos de que el mundo estaba llegando a su fin. ¿Ha llegado el fin del mundo? ¿Ha ocurrido la parusía? No. ¿Cuándo ocurrirá? ¿Debemos esperar otra fecha antes o después?
Hermanos en Cristo, las lecturas de hoy nos recuerdan que el fin llegará, pero que nadie sabe cuándo llegará (ni el día ni la hora). Para cada individuo, la muerte le lleva a un final temporal aquí, en este mundo presente. No nos corresponde a nosotros perder el tiempo preocupándonos o intentando descifrar mediante teorías o imaginaciones bíblicas cuándo llegará el final. Debemos estar preparados para el final.
En la primera lectura de hoy se dice al profeta Daniel que, cuando llegue el fin, habrá una separación entre los que vivieron en justicia y los que actuaron con maldad; entre los buenos y los malos. Aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida; aquellos que no sólo vivieron en justicia, sino que llevaron a muchos a la justicia, brillarán como estrellas para siempre.
En el Evangelio de Mateo 25 leemos: “Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre. Heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me acogisteis; estuve desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me cuidasteis; en la cárcel, y me visitasteis».
Aunque no sepamos el día ni la hora de la segunda venida de Cristo; aunque no sepamos el día ni la hora de nuestra propia muerte, se nos ha dicho lo que implica permanecer en velar. Parece que si nos encontramos con la respuesta del Señor: «En verdad os digo que no os conozco», será por nuestra necedad y no por falta de misericordia o de justicia por parte del Señor. Lo preparado que estamos para el día del Señor depende de las decisiones que tomamos cada día. Depende de nuestra respuesta positiva a la ley suprema de Dios: Amor a Dios y amor al prójimo. En nuestra vida diaria, no olvidemos que el fin llegará cuando tenga que llegar. Y las enseñanzas de la Iglesia sobre las cuatro últimas cosas: Muerte, Juicio, Cielo o Infierno, nos recuerda que debemos estar siempre preparados.