08.09.2024 – Iznatoraf – Villanueva del Arzobispo (Jaén)

El pecado de la discriminación
Isaías 35,4-7, Salmo 146, Santiago 2,1-5, Marcos 7,31-37
Es importante escuchar de nuevo y atentamente lo que nos dice el Apóstol Santiago en la segunda lectura de hoy. Dice: “Hermanos míos: no juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso con el favoritismo.” Estamos hablando de incoherencia de la acepción de personas. Un abuso muy común en aquella época y también o incluso mas en nuestro tiempo: la acepción o discriminación de personas por razón de su nivel social, étnica, política etc. (vv. 1-4). Y el apóstol dice que entre los cristianos por lo menos este abuso, la distinción de clases no debe pasar porque no es coherente con la fe que profesamos.
Se trata de una manifiesta incongruencia entre la fe y la conducta. La Ley de Moisés (Dt 1,17; Lv 19,15; 1s 5,23; etc.) condenaba la discriminación de personas (vv. 8-11), opuesta también al Evangelio (vv. 5-7), ya que Jesucristo corrigió las interpretaciones restringidas de esa Ley. Se señala que ese modo de comportarse será severamente castigado por Dios en el juicio (vv. 12-13). El Apóstol Santiago nos recuerda la predilección de la Iglesia por los pobres y los desfavorecidos (v. 5; cfr Mt 5,3; Lc 6,20) e invita a luchar decididamente por la justicia. Y como decía la Congregación Doctrina de la Fe en su documento Libertatis conscientia, n. 57, “Las desigualdades inicuas y las opresiones de todo tipo que afectan hoy a millones de hombres y mujeres están en abierta contradicción con el Evangelio de Cristo y no pueden dejar tranquila la conciencia de ningún cristiano.”
Es cierto que cuando se trata de personas nos resulta muy difícil no hacer distinciones. Siempre favorecemos a unos más que a otros. Elegimos a unos y no a otros. Por ejemplo, un hombre elige a una mujer como esposa entre varias que ha conocido. Una mujer elige a un hombre para que sea su marido. Elegimos a nuestros amigos, y algunas personas eligen a sus amigos con cuidado. Los padres también tienden a preferir a sus propios hijos antes que a otros. Es natural y humano que hagamos distinciones. Sin embargo, en la segunda lectura, el Apóstol Santiago exhorta a los miembros de la Iglesia a no hacer distinciones de clase social y a no alborotar a los más acomodados.
El Apóstol Santiago está diciendo que todas las formas de favoritismo nunca son aceptables dentro de la comunidad de creyentes. Todos deben ser tratados por igual, independientemente de su estatus económico, político, social o étnico. El Apóstol nos incita a preguntarnos si en nuestra iglesia, en nuestra parroquia, en nuestra comunidad o en nuestro pueblo existe alguna forma de favoritismo malsano. ¿Hay personas en las que no reparamos? ¿Hay voces que no escuchamos? ¿Hay caras que no queremos ver? ¿Hay personas a las que les gustaría participar en la vida de la parroquia o pueblo pero que sienten que no son bienvenidas, que no se valora su posible contribución? Espero que no, pero es algo a lo que todos debemos estar atentos. Cualquier tipo de discriminación, opresión, desigualdades, injusticia no pueden dejar tranquila la consciencia de ningún cristiano.