Génesis 9: 8-15, Salmo 24, Pedro 3: 18-22, Marcos 1:12-15

Estamos ya en el primer domingo de Cuaresma. La cuaresma es el tiempo de cuarenta días en que pedimos de manera especial el perdón y la misericordia de Dios por nuestros pecados mientras preparemos a celebrar la gran fiesta de nuestra salvación – la pascua del Señor. En este tiempo cuaresmal la Iglesia nos propone a través de la sagrada Escritura de acercarnos mas a Dios, caminar con él a través de tres actos de piedad religiosa – ayuno, oración y limosna.

Las lecturas de hoy nos ayudan a profundizar nuestro compromiso cuaresmal. Las tres lecturas nos hablan de tres cosas importantes: la alianza, el bautismo y la tentación.

Cuando hablamos de alianza estamos hablando de pacto entre dos personas (dos partidos), en este caso entre Dios y hombre. Después de diluvio Dios hizo una alianza con Noé “Yo establezco mi alianza con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales …” y pone el arco en el cielo como una señal de esta alianza. Como sabemos después esta alianza había otras alianzas hasta la nueva alianza con la sangre de Cristo. La cuestión es: ¿fueron ellos fieles a las condiciones de esta alianza? La verdad es que no.

En la segunda lectura, San Pedro interprete el diluvio como una prefiguración del bautismo. Cuando hablamos de bautismo siempre estamos hablando del agua y las promesas. Cuando asistimos en un bautismo podemos recordar que hace falta agua para bautizar y que antes de bautizar se hace unas promesas y la profesión de fe. Este también es una alianza que hicimos. Bautismo es una alianza entre nosotros y Dios. Nos prometemos de ser fiel, obediente, bueno, rechazar satanás, sus seducciones y obras. Después de muchos años de nuestro bautismo podemos preguntarnos: “hemos sido fieles a estas promesas? De verdad es que hemos caído en tentaciones y seducciones de satanás muchas veces.

Cada primer Domingo de cuaresma leemos el relato de las tentaciones de Señor por Satanás. Aunque este año leemos el relato de San Marcos que es la mas breve. Pero en su brevedad nos dejar muchos detalles para reflexionar. Dice: “El Espíritu empujo a Jesús al desierto. Se quedo en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían.”

Podríamos pensar en las fieras y en los ángeles como dos fuerzas opuestas. Las fieras podrían entenderse como siervos de Satanás, que ponen a prueba la relación de Jesús con Dios, tentándole a ponerse a sí mismo en lugar de Dios en el centro de su vida. Los ángeles, en cambio, son siervos de Dios, que apoyan a Jesús en su momento de lucha, dándole la fuerza para mantenerse firme en la prueba, para resistir los embates. Hay algo similar entre la situación de Jesús en el desierto y la nuestra. Nosotros también podemos encontrarnos atrapados entre las fieras y los ángeles. También nosotros podemos encontrar nuestras mejores convicciones, nuestros valores más profundos, puestos a prueba. Los valores del Evangelio no siempre se encuentran a gusto en el mundo en el que vivimos. La presión para transigir con esos valores puede ser muy fuerte. Podemos encontrarnos en una especie de desierto moral y espiritual donde hay muy poco aprecio o comprensión del mensaje del Evangelio. De hecho, podemos sentirnos muy solos como Jesús en el desierto. En esos momentos tenemos que recordarnos que no estamos solos, como tampoco lo estuvo Jesús en el desierto. Los ángeles nos atienden.

Así que cuando oremos en el Padre nuestro: “no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal” que estamos realmente pedimos a Dios. Que, en nuestro desierto de la vida, cuando estamos entre las fieras y los ángeles, entre el mal y el bien que el Señor nos proteja para que consigamos de hacer de voluntad de Dios, que cuando viene la tentación de elegir el camino de mal en vez del bien, cuando estamos a punto de desesperar que no nos elegir el camino de la muerte. 

Podemos plantear otra cuestión: “pero que estaba haciendo Jesús en el desierto por cuarenta días? ¿Estaba loco o que? No, estaba orando. Durante 40 días, Jesús se sometió a un entrenamiento en la oración antes de su ministerio público. Es el poder de la oración, el encuentro y el estar con Dios lo que lo fortaleció para vencer la tentación. La oración nos permite entender el corazón de Dios. Nos permite oír y escuchar lo que Él dice. Pasar tiempo personal de calidad con Dios debería ser nuestro primer objetivo en este tiempo de Cuaresma.

Con nuestros ojos siempre fijo en nuestro bautismo que es realmente nuestra nueva alianza con Dios podemos coger fuerza de superar cualquiera tentación que encontramos en este desierto de vida que estamos viviendo. Al empezar la cuaresma la Iglesia nos recuerda que tenemos todo lo necesario para superar la tentación de hacer el mal en vez del bien, tenemos la gracia de Dios a través de oración, los sacramentos para recuperarnos cuando hemos caído en la tentación.

Por nuestro bautismo todos nosotros hemos entrado en una alianza con Dios. Nuestra lucha de fe consiste en cumplir nuestra parte de la alianza, mediante el arrepentimiento y la “vivencia” del Evangelio (Mc 1,15). Cada año, el tiempo de Cuaresma nos recuerda la alianza con el Señor. Es tiempo de autoevaluación, de reevaluar nuestro nivel de fidelidad al Evangelio. La alianza se establece para guiarnos en nuestro camino hacia el Reino. Es el camino del amor y de la verdad.