13.04.2022 – Mogón – Iznatoraf – Villanueva del Arzobispo

¿Qué motivó a Judas?

Isaías 50:4-9, Salmo 69, Mateo 26:14-25

Hoy también se llama “miércoles de espías.” El nombre proviene de la traición del Señor por parte de Judas Iscariote, uno de sus propios apóstoles, como leemos en el evangelio. Como ya sabemos, uno de los personajes clave del relato de la pasión es Judas, el traidor. El pobre Judas era sin duda talentoso, probablemente muy astuto, y tuvo en su juventud alguna chispa de idealismo; y sin embargo, a la hora de la verdad se mostró traicionero, poco fiable, profundamente indigno de confianza. Los Evangelios ofrecen algunas pistas que pueden sugerir lo que llevó al descarriado Apóstol a ese acto definitivo de traición: vender a Jesús por treinta monedas de plata. Incluso podríamos sentir una punzada de compasión por Judas, sobre quien Jesús pronunció aquellas palabras: “¡Mejor hubiera sido que ese hombre no hubiera nacido!” Pero, ¿qué motivó realmente a Judas? ¿Fue simplemente una cuestión de destino?  ¿O dinero? ¿No podía Judas haberlo evitado? Pues, en lugar de dedicar tiempo a intentar explicar o analizar el nivel de culpabilidad de Judas, o a tratar de averiguar sus motivaciones, sería más fructífero examinar algunas formas en las que nosotros mismos somos indignos de confianza y necesitamos la gracia del arrepentimiento. La historia de Judas es una lección para todos nosotros.

La iglesia primitiva era muy consciente de que Jesús fue traicionado a sus enemigos por uno de sus gentes más cercanos. Aunque esta era una verdad muy incómoda para la iglesia primitiva, no se intentó ocultar esta verdad de que, en palabras del evangelio de hoy, Jesús fue traicionado por alguien que metió la mano en el plato con Jesús, alguien que era un íntimo. El evangelio declara que cuando Jesús anunció que uno de los que compartían la mesa con él lo traicionaría, todos los presentes se “angustiaron mucho.” Ser traicionado por alguien en quien se confía es muy angustioso para el traicionado y para todos los que se relacionan con él. Algunos de nosotros podemos haber tenido la experiencia de que nuestra confianza sea traicionada. Confiamos en alguien y éste utiliza esa información en nuestra contra.

Esta semana nos dice que, en el caso de Jesús, la traición humana no tuvo la última palabra; Dios tuvo la última palabra al resucitar a su Hijo de entre los muertos. Dios sacó el bien del mal de la traición y de los muchos otros males que soportó Jesús. Dios también puede sacar el bien de la negatividad que a veces tenemos que soportar de los demás. Estos días nos invitan a confiar en que Dios puede obrar de manera vivificante incluso en aquellas experiencias oscuras que son contrarias a lo que Dios desea para nosotros.

En la primera lectura, leemos la confianza del siervo sufriente en que Dios lo rescatará. Dice: “El Señor Dios me ha dado lengua de discípulo, para que saber decir al abatido una palabra de aliento.” Nos enteramos de que, tras la traición de Judas, éste se suicidó. Hoy, la Iglesia nos anima a recordar a quienes se han quitado trágicamente la vida, tratando de escapar de las profundidades de la desesperación; y a rezar pidiendo gracia, compasión y amistad para cualquier pobre alma que pueda estar tentada al suicidio. “para que saber decir al abatido una palabra de aliento.” Cada uno de nosotros podría pedir al Señor Dios que nos ayude a profundizar en nuestro discipulado, y que nos conceda el don de aliento para poder estar siempre al lado de los abatidos, atribulados, desesperados y perplejos. Incluso después de haber traicionado, negado, cometido pecados y crímenes atroces, el Señor no nos abandona, sino que nos ayuda a recuperarnos y a curarnos de nuestros fracasos y pecados pasados: así de grande puede ser la misericordia de Dios. Tenemos que confiar siempre en él.